domingo, 31 de octubre de 2010

También el sol



Marcelino Camacho in memoriam

viernes, 29 de octubre de 2010

No quedarse quieto ahora


















El cielo está llorando a mares en Carabanchel, mi barrio de siempre. Fui y sigo siendo militante del PCE en Carabanchel. En la sede del barrio conocí a Marcelino, al que oí hablar en mil y una asambleas interminables. Porque Marcelino militaba en Carabanchel, allí mismo donde estuvo preso. Me lo encontré en el metro hace años -yo era joven, mucho más joven-. Me saludó, llano, sencillo como siempre. Vehemente. Me dijo "no os quedéis quietos ahora, los jóvenes tenéis que tirar del carro ahora, para no perder lo que se ha conseguido". Después me habló de sus viajes a China; "las batallas de Marcelino en China", bromeábamos.

Ahora se ha ido, y yo siento la vergüenza de no estar tirando del carro. Estamos perdiendo lo que se consiguió con sangre, sudor y lágrimas. Hoy por hoy, me siento más ácrata que comunista. Pero mi corazón sigue creyendo en personas como Marcelino. Mi corazón incoherente cree en personas coherentes. Mi cabeza no cree en los políticos que tenemos, pero sigue creyendo en la posibilidad de hacer política desde abajo. Somos políticos, podemos hacer política. Hay políticas viables que empezaron siendo utópicas.
A los dirigentes que hablan hoy se les debería caer la cara de vergüenza. A mí se me cae. Harían mejor en guardar silencio.

Hasta siempre, Marcelino. Recuerdo tus palabras y tus actos. Silencio ahora.

martes, 19 de octubre de 2010

Hache de "halmena"


A los chicos de nuestrofuneral, que me dan mucha vidilla. Aunque no sepa quiénes son, al menos sé cómo son: divertidos, audaces, brillantes. Amigables, vaya.

miércoles, 13 de octubre de 2010

La voz

Nadie me va a entender, pero siempre me enamoro de escritores muertos o de escritores al borde del suicidio. Cuando me enamoré de David Foster Wallace, no sabía -yo- que iba a suicidarse; pero lo hizo. Así que ya era un escritor al borde del suicidio, aunque yo no lo supiera.
Esta vez, sin embargo, me he enamorado de uno que está directamente muerto. Sé que debería hacérmelo mirar, pero no me preocupo demasiado mientras siga enamorándome también de escritores vivos. Ya hablaré de ellos.

Pero aquí está mi amor muerto. No: "mi amor muerto" no, amor vivo por el amado muerto. Eso sí. Miren qué manos. Qué manos nerviosas. Oigan qué voz. Observen qué risa y qué sonrisas. No entiendo un carajo del idioma, pero no importa. Importa la música de su voz, el tono y el ritmo de sus palabras. Eso es lo que importa, igual que al leerle. Yo quiero un hombre así. Pero que no esté muerto ni al borde del suicidio.

Esta noche me quedo con él. Con Bernhard.
Suena un nocturno de Chopin.

sábado, 2 de octubre de 2010

Acata o revienta

Cada vez con mayor alarma, veo cómo crece entre numerosos "profesionales" la hostilidad hacia los usuarios de servicios del sector social. Siento vergüenza ante la descarada subasta de estos servicios públicos, ante las instituciones que subastan la gestión de éstos, ante las empresas subasteras, disfrazadas de asociaciones o fundaciones sin ánimo de lucro. Siento vergüenza ante la falta de profesionalidad de mis propios colegas, a demasiados de los cuales prefiero no llamar compañeros. Vergüenza ante los directores de esas empresas, ante sus equipos, y ante mí misma por pretender todavía promover algún cambio donde siempre cabe sólo acatar o largarse. A partir de cierta edad, la ingenuidad es un pecado. Mi pecado capital.

No voy a hablar demasiado de mi último trabajo, del que ya me han "invitado" cordialmente a irme con una carta de despido improcedente bajo el brazo. No se alega nada contra mi forma de trabajar, sino, al parecer, contra mi propia forma de ser. Me hablan de un acuerdo, pero he preferido dejar claro que no tengo nada que acordar con ellos, aunque sí algo que informarles. Esto es lo que he informado a mis amables contratadores y despedidores:

- Que me parece muy preocupante que un equipo entero tenga miedo de proponer, opinar, cuestionar y/o disentir sobre la metodología de trabajo a aplicar;
- Que me parece igualmente preocupante y contrario a la ética profesional que un equipo entero despliegue actitudes abiertamente hostiles hacia los usuarios de un servicio público;
- Que me parece lamentable, antiprofesional y contrario a toda vocación de apoyo, que la directora y su equipo estén mucho más preocupados por cuidarse de supuestas y remotas agresiones potenciales que de atender a las usuarias del servicio con un mínimo de competencia.

Algunas cosas más he informado a mis amables despedidores, pero quedan entre ellos y yo. Si algún día me animo a tirar bien de la manta, es seguro que no podré volver a ejercer. Aunque nunca haya vejado o maltratado a ninguno de los chicos, chicas, hombres y mujeres con los que he trabajado, siento tan profunda vergüenza ajena que me parece propia. No creo que valga la pena vender así el alma por mil euros. Me enfrento a la contradicción más gorda de mi vida. Me gusta este trabajo, creo que lo hago bien, respeto a los usuarios, y a menudo ellos me devuelven con creces el afecto, el respeto y la dignidad. Esa dignidad es un camino de ida y vuelta. Quizá aún no sea tarde para explicar en nuestras facultades que lo único que te hace digno como profesional es tratar dignamente a quien solicita apoyo. Lo demás se aprende en los libros. Todo lo que yo he aprendido, me lo han enseñado los chicos, los hombres y las mujeres que no han tenido más remedio que solicitar apoyo. Sólo hacia ellos me siento agradecida en esta profesión. Hacia ellos y hacia unos pocos maestros va todo mi respeto. Hay gente honesta e incombustible en este sector. Y aunque me considere honesta, alcanzo cíclicamente el punto de ignición. Tengo muchos nombres y caras en la cabeza y en el corazón. Por confidencialidad, no los cito. Si pude ayudarles en algo, me doy por satisfecha. Si no pude, ellos sí me ayudaron a mí a comprender el baile de la vida, que nunca ha estado incluido en el plan de estudios de mi facultad.

Hace años, en el poblado, ayudé a salvar la vida a un consumidor de heroína. Creo que es la única vida que ha estado en mis manos. Él me estaba machacando al ajedrez cuando le atizó una sobredosis. Le llamaremos Rafa. Pensé que no lográbamos reanimarle, le vi muerto ante mí, y me puse a llorar con la ampolla de naloxona todavía en la mano. Entonces Rafa abrió los ojos, despertando bruscamente, y me preguntó ¿a qué estábamos jugando, princesa? Ahora me doy cuenta de que no estábamos jugando al ajedrez, sino a tratarnos con dignidad. A pesar de todo. Eso es lo que me llevo.