viernes, 29 de octubre de 2010

No quedarse quieto ahora


















El cielo está llorando a mares en Carabanchel, mi barrio de siempre. Fui y sigo siendo militante del PCE en Carabanchel. En la sede del barrio conocí a Marcelino, al que oí hablar en mil y una asambleas interminables. Porque Marcelino militaba en Carabanchel, allí mismo donde estuvo preso. Me lo encontré en el metro hace años -yo era joven, mucho más joven-. Me saludó, llano, sencillo como siempre. Vehemente. Me dijo "no os quedéis quietos ahora, los jóvenes tenéis que tirar del carro ahora, para no perder lo que se ha conseguido". Después me habló de sus viajes a China; "las batallas de Marcelino en China", bromeábamos.

Ahora se ha ido, y yo siento la vergüenza de no estar tirando del carro. Estamos perdiendo lo que se consiguió con sangre, sudor y lágrimas. Hoy por hoy, me siento más ácrata que comunista. Pero mi corazón sigue creyendo en personas como Marcelino. Mi corazón incoherente cree en personas coherentes. Mi cabeza no cree en los políticos que tenemos, pero sigue creyendo en la posibilidad de hacer política desde abajo. Somos políticos, podemos hacer política. Hay políticas viables que empezaron siendo utópicas.
A los dirigentes que hablan hoy se les debería caer la cara de vergüenza. A mí se me cae. Harían mejor en guardar silencio.

Hasta siempre, Marcelino. Recuerdo tus palabras y tus actos. Silencio ahora.

4 comentarios:

  1. Cada vez que tengo noticia de algún suceso como este, me pregunto si queda algo de la Política que personas como Marcelino hicieron.

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  2. Yo también me lo pregunto, b, y me respondo que algo queda; quizá no lo suficiente. Sigo pensando que está en nuestras manos. Sí, sigo pensándolo.

    Gracias por acudir también a esta cita.
    Un abrazo.

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  3. Los cambios de época nos dejan huérfanos y con las manos vacias. Se van los que estuvieron en las luchas del pasado ¿Y quienes nos quedan? Por más que miro no veo.

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  4. (Nos) quedamos nosotros, Enric. Las luchas del presente son nuestras o de nadie. Tendremos que decidir si queremos dejar de ser nadie. Es lógico que no nos veamos, porque el inmovilismo genera ceguera, y la ceguera, inmovilismo. ¿Quién le da el hachazo a la serpiente que se muerde la cola? Las manos están vacías hasta que acarician un propósito o hasta que, parafraseando a Clément Cadou, se atreven a señalar que, una vez más, el emperador está desnudo.
    El mayor y más perverso triunfo del neoliberalismo consiste en habernos hecho creer que no hay alternativa posible. Si no cuestionamos el discurso, la creencia se blinda a sí misma, convirtiéndose en dogma. Eso creo.

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