sábado, 16 de julio de 2011

Memorando


Esta foto es un disparo al corazón. Desde que la vi, no consigo que deje de sangrarme la memoria. Así he descubierto que la memoria no está en la cabeza; desde luego, no toda. El que aparece en ella es Guillermo Borja, a quien los amigos y conocidos llamaban Memo. Psicoterapeuta mexicano y hombre irreemplazable por lo que sé y por lo que siento. Murió hace 16 años y 5 días en Tepoztlán, a la edad de 44. Por motivos difíciles de captar mediante la lógica, se ha convertido en alguien importante para mí.
En ésta y otras fotos, Memo guarda un preciso e inquietante parecido con el hombre que se llevó entre los dientes un pedazo de mi corazón hace precisamente 16 años. Ese trozo ya nunca lo recupero. Lo que más me inquieta y me hace sangrar la memoria es que Memo se está llevando otro pedazo silenciosamente, a pesar de no haberle conocido.
Esta cara, la mirada y la sonrisa de Memo aquí, son exactas a las de ese otro hombre que yo intentaba no recordar, por si -hoy como entonces- me extingo y quedo hecha un charquito de ausencia y desesperación.

Iba a decir que hay miradas que desarman, pero, como el asunto es muy personal, digo que hay miradas que me desarman. Hormiguean primero y luego duelen en el plexo solar y, cuando te quieres dar cuenta, ya no sabes si tú eres tú o eres el otro o el otro es tú o quién es quién. Es un dolor placentero, fascinante y peligroso. Ésta es una de esas miradas. Una de ésas tan peligrosas que no vale la pena esquivar. Es un pecado y una idiotez evitar una mirada así. Hay que estar atenta porque, si esquivas una mirada así, puedes irte al otro barrio con el corazón intacto, y eso sí que me parece un pecado y una idiotez, aun a riesgo de reconvertirme en un charquito de ausencia y desesperación. Esto es evidente, al menos para mí, y estoy hablando de mí.