jueves, 30 de septiembre de 2010

lunes, 27 de septiembre de 2010

De revolutionibus orbium coelestium

Atherida se siente desesperada ante la idea de volver mañana al trabajo. Tiene ganas de rebelarse, llorar y patalear. Tiene más ganas que nunca de irse a la isla griega para leer, nadar, beber, bailar, tomar el sol y poco más.
Atherida se da pena a sí misma viéndose en este estado de alienación y total disociación entre deseos, necesidades y realidad pura y dura. No entiende por qué eligió una profesión de ayuda al prójimo tan malpagá y maltratá.

Al borde de los 40, Atherida quiere dar un giro copernicano a su vida, quiere trabajar de tabernera o de librera o de bibliotecaria o de correctora, pero no sabe qué abrelatas usar para abrir una grieta en su excepcionalmente cerrado y especializado currículum de las narices. Atherida hace un llamamiento desesperado a todo aquel que pueda ofrecerle un empleo no basado en la ayuda al prójimo, entendiendo por "prójimo" cualquier persona en situación de desventaja social, entendiendo por "desventaja social" no sé qué leches demasiado penosas para exponerlas aquí.

Atherida puede demostrar su versatilidad y buen humor donde y cuando haga falta.
Por alguna razón, desde hace unos días, Atherida encuentra un consuelo especial leyendo a Salinger, que siempre ha sido el favorito de los sociópatas. Es un dato importante, aunque no sabe en qué aspecto. En todos los aspectos, supone.

Atherida intenta evitar por todos los medios convertirse en funcionaria (véase el llamamiento desesperado del segundo párrafo), pero, de seguir así, no tendrá más remedio que desplegar su natural instinto de conservación y echarse a estudiar la muy conculcada Constitución Españooola, ay.

Atherida no es Shakespeare, pero jura que jamás emplea ni ha necesitado emplear el corrector de texto del ordenador (llamamiento al mundo de la letra impresa).

Atherida termina abruptamente siempre que tiene hambre porque piensa con el estómago, y ahora mismo su estómago le dice que vaya a por un yogur de cabra griega, que se lo coma y cambie la autocompasión por un relato de Salinger.

A la piltra. No olviden los llamamientos, especialmente los de huelga general.

sábado, 25 de septiembre de 2010

miércoles, 22 de septiembre de 2010

No me da la real gana


Dice el rey que era un patriota. Desvaríos reales aparte -muy aparte, por favor-, hoy me siento más huérfana que ayer pero menos que mañana.
Hay quien se ríe cuando oye hablar de "la muerte de las ideologías". Yo no me río ni un tantico, maño, no le encuentro la puñetera gracia. Es lo que tiene ser hija de la generación del desencanto. Por muy generación X que me haya tocado ser, no he logrado sacudirme esto de la ideología, y a estas alturas del partido ya no me da la gana.
Hay que oír gilipolleces cuando alguien querido se muere. Hay que oírlas siempre, en realidad, pero joden más cuando el finado lleva toda la vida combatiendo la gilipollez nacional.
No importa. Sabemos quién era Labordeta, nadie nos quita esa alegría. Nadie nos quita este dolor y esta despedida. Nadie nos quita la ideología. Esta generación mía del Cola Cao y la dependencia crónica, debería despertar antes de que mueran todos los que aún saben defender la dignidad. Morir con dignidad es importante, pero también vivir con ella. Vivir con dignidad. Y cantarla, maño. Cantar la dignidad.